Luces de bohemia paginas

Max había dispuesto noblemente de ese dinero. Latino, eres un cínico. Don Latino, si usted no apoquina, le araño. Córtate las uñas, Claudinita. Le arranco los ojos. Max, interpon tu autoridad. Claudinita, en ese respecto te concedo toda la razón. Me han cogido de pipi. Habría que devolver el dinero recibido. Se juega de boquilla, maestro. Max, no debes salir. Aquí hace un calor de horno. Pues en la calle corre fresco. Max, yo buscaré alguna cosa que empeñar. No quiero tolerar ese robo. A Zaratustra. Rimeros de libros hacen escombro y cubren las paredes.

Empapelan los cuatro vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero. Encogido en el roto pelote de una silla enana, con los pies entrapados y cepones en la tarima del brasero, guarda la tienda. Un ratón saca el hocico intrigante por un agujero. El CAN: Saludarte, y decirte que tus tratos no me convienen. Yo nada he tratado con usted. Pero has tratado con mi intendente, Don Latino de Hispalis. El trato no puede deshacerse. Un momento antes que hubieran llegado Pero ahora es imposible: Todo el atadijo, conforme estaba, acabo de venderlo ganando dos perras.

Salir el comprador, y entrar ustedes. Hemos perdido el viaje. Zaratustra, eres un bandido. Ésas, Don Max, no son apreciaciones convenientes. Voy a romperte la cabeza. Don Max, respete usted sus laureles. Ha entrado en la cueva un hombre alto, flaco, tostado del sol. Viste un traje de antiguo voluntario cubano, calza alpargates abiertos de caminante, y se cubre con una gorra inglesa. Sin pasar de la puerta, saluda jovial y circunspecto.

Tan guapamente. De Londres vengo. Zaratustra es un buen amigo. Allí estuve dos meses. No los he visto en el muelle. Sí, Don Gay.

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La palmatoria pringosa tiembla en la mano del fantoche. Camina sin ruido, con andar entrapado. La mano, calzada con mitón negro, pasea la luz por los estantes de libros. Media cara en reflejo y media en sombra. Parece que la nariz se le dobla sobre una oreja. El loro ha puesto el pico bajo el ala. Un retén de polizontes pasa con un hombre maniatado. Sale alborotando el barrio un chico pelón montado en una caña, con una bandera. EL CAN: Divagan ajenos al tropel de polizontes, al viva del pelón, al gañido del perro, y al comentario apesadumbrado del fantoche que los explota.

Eran intelectuales sin dos pesetas. Es preciso reconocerlo. No hay país comparable a Inglaterra. Aquí los puritanos de conducta son los demagogos de la extrema izquierda. Acaso nuevos cristianos, pero todavía sin saberlo. Maestro, tenemos que rehacer el concepto religioso, en el arquetipo del Hombre-Dios. Hacer la Revolución Cristiana, con todas las exageraciones del Evangelio. Sin religión no puede haber buena fe en el comercio. Maestro, hay que fundar la Iglesia Española Independiente. Y la Sede Vaticana, El Escorial.

Haciéndose iniciados de la sublime doctrina. Hay que resucitar a Cristo. La creación política es ineficaz si falta una conciencia religiosa con su ética superior a las leyes que escriben los hombres. Ilustre Don Gay, de acuerdo. Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere. Don Gay, y qué nos cuenta usted de esos marimachos que llaman sufragistas.

Que no todas son marimachos. Tres peniques, una equivalencia de cuatro perras. Y estaba muy bien, mejor que aquí en una casa de tres pesetas. Saint James Squart. El Asilo de Reina Elisabeth. Muy decente. Ya digo, mejor que aquí una casa de tres pesetas. Por la mañana té con leche, pan untado de mantequilla. Después, en la comida, un potaje de carne.

Alguna vez arenques. Queso, té Yo solía pedir un poco de cerveza, y me costaba diez céntimos. Todo muy limpio. Jabón y agua caliente para lavatorios, sin tasa. Es verdad que se lavan mucho los ingleses. Lo tengo advertido. Por aquí entran algunos, y se les ve muy refregados. Gente de otros países, que no siente el frio, como nosotros los naturales de España.

Lo dicho. Me traslado a Inglaterra. Nuestro sol es la envidia de los extranjeros. Aunque no lo creo. A mí, plin. Es Doña Loreta la del coronel quien lo pregunta. Niña, dile a esa señora que es un secreto lo que hacen los personajes de las novelas. Sobre todo en punto de muertes y casamientos. Estaría bueno que se divulgase el misterio. Pues no habría novela. Escapa la chica salvando los charcos con sus patas de caña. Luz de acetileno: Mostrador de cinc: Jugadores de mus: No conozco a esa dama. Enriqueta la Pisa Bien. Entró, miró, preguntó y se fue rebotada, torciendo la gaita. Le devuelves el décimo y le dices que se vaya al infierno.

De su parte, caballero. El ciego saca una vieja cartera, y tanteando los papeles con aire vago, extrae el décimo de la lotería y lo arroja sobre la mesa: Don Max desprecia el dinero. No le deje usted irse, Don Max. Niño, yo hago lo que me da la gana. Pídele para mí la petaca al amo. Si quiere usted un nardo, se lo regalo. Estate ahí. Me espera un cabrito viudo. Que se aguante. Niño, ve a colgarme la capa. Por esa pañosa no dan ni los buenos días. Pídale usted las tres beatas a Pica Lagartos.

Si usted le da coba, las tiene en la mano. Dice que es usted segundo Castelar. Dobla la capa, y ahueca. Toma lo que quieran darte. Calla, mala sombra. Niño, huye veloz. Como la corza herida, Don Max. Si no te admiten la prenda, dices que es de un poeta. El primer poeta de España. Yo nunca tuve talento. No has tenido el talento de saber vivir. Mañana me muero, y mi mujer y mi hija se quedan haciendo cruces en la boca. Tosió cavernoso, con las barbas estremecidas, y en los ojos ciegos un vidriado triste, de alcohol y de fiebre.

No has debido quedarte sin capa. Y ese trasto ya no parece. Siquiera, convide usted, Don Max. Tome usted lo que guste, Marquesa. Una copa de Rute. Es la bebida elegante.

Luces de bohemia: ixowowudet.tk: Ramón María del Valle-Inclán: Libros

Don Max, no puedo detenerme, que mi esposo me hace señas desde la acera. Invítale a pasar. Un golfo largo y astroso, que vende periódicos, rie asomado a la puerta, y como perro que se espulga, se sacude con jaleo de hombros, la cara en una gran risa de viruelas. Enriqueta, a ver si te despeino. Argumentos de esta golfa desde que fue a Lisboa, y se ha enterado del valor de la moneda. Aguarda que me beba una copa de Rute.

Don Max me la paga. Pues despacha. En cuanto me la mida Pica Lagartos. Venancio me llamo. Venancio, no vuelvas a compararme con Castelar. Dame otro quince. Me adhiero a lo del quince y a lo de Castelar. Son ustedes unos doctrinarios. Castelar representa una gloria nacional de España.

Ustedes acaso no sepan que mi padre lo sacaba diputado. Mi padre era el barbero de Don Manuel Camo. Tiene mucha educación servidorcito. Un diputado. Yo he recibido educación en el estranjero. Se la pongo a usted y le obsequio con ella. La Enriqueta es cosa mía. Anoche lo hemos decidido por votación en la Casa del Pueblo. Niño, sé bien hablado! El propio republicanismo reconoce que la propiedad es sagrada. Grupos vocingleros corren por el centro de la calle, con banderas enarboladas.

Entran en la taberna obreros golfantes -blusa, bufanda y alpargata-, y mujeronas encendidas, de arañada greña. So pelma, yo te sigo a todas partes. Se invita a salir, al que quiera jaleo. Corren por la calle tropeles de obreros. Cóbrate, Venancio. Ésa ya no se aparta del tumulto.

Recala en la Modernista. Latino, préstame tus ojos para buscar a la Marquesa del Tango. Max, dame la mano. Faroles rotos, cerradas todas, ventanas y puertas. En la llama de los faroles un igual temblor verde y macilento. La luna sobre el alero de las casas, partiendo la calle por medio.

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De tarde en tarde, el asfalto sonoro. Un trote épico. Soldados Romanos. Sombras de Guardias: Se extingue el eco de la patrulla. La Buñolería Modernista entreabre su puerta, y una banda de luz parte la acera. Esta calle no tiene letrero. Yo voy pisando vidrios rotos. No ha hecho mala cachiza el honrado pueblo. Déjate guiar. Tenemos abierta La Buñolería Modernista. De rodar y beber estoy muerto. Un café de recuelo te integra. Hace frío, Latino. Aquí hacemos la captura de la niña Pisa Bien. Y le convido a usted a un café de recuelo. Gracias, preciosidad. Y a Don Max, a lo que guste.

Don Max, yo por usted hago la jarra, y muy honrada. Dame el décimo y vete al infierno. La Revolución es aquí tan fatal como en Rusia. Pues viviremos muy poco. Allí ha sido la faena entre los manifestantes, y los Polis Honorarios. A alguno le hemos dado mulé. Todos los amarillos debían ser arrastrados. Y aquel momento que usted no tenga ocupaciones urgentes, nos ponemos a ello, Don Latino.


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Venga el parné, y tenga usted su suerte. La propina, cuando cobre el premio. La Buñolería entreabre su puerta, y del antro apestoso de aceite van saliendo deshilados, uno a uno, en fila india, los Epígonos del Parnaso Modernista: Unos son largos, tristes y flacos, otros vivaces, chaparros y carillenos. Usted es un poeta, y los poetas somos aristocracia. Como dice Ibsen, las multitudes y las montañas se unen siempre por la base.

Aquí sólo hablan los genios. Yo me siento pueblo. Yo había nacido para ser tribuno de la plebe, y me acanallé perpetrando traducciones y haciendo versos. Maestro, preséntese usted a un sillón de la Academia. No lo digas en burla, idiota. Pero esa prensa miserable me boicotea. Odian mi rebeldía y odian mi talento. Para medrar hay que ser agradador de todos los Segismundos. Maestro, nosotros los jóvenes impondremos la candidatura de usted para un sillón de la Academia. Ayer de madrugada los cantamos en la Puerta del Sol.

Deben ustedes ofrecerle una audición al Maestro. El Enano de la Venta. Con bravatas de valiente. Quiere gobernar la Harca. Y es un Tartufo Malsín. Sin un adarme de seso. Pues tiene hueca la bola. Pues tiene la chola hueca. Gran interrupción. Un trote épico, y la patrulla de soldados romanos desemboca por una calle traviesa. Traen la luna sobre los cascos y en los charrascos. Suena un toque de atención, y se cierra con golpe pronto la puerta de la Buñoleria.

En griego, para mayor claridad, Crisóstomo. Jadeos y vahos de aguardiente. Vuelan chispas de las herraduras. Resuena el trote sonoro de la patrulla que se aleja. Max, convídale a una copa. Hay que domesticar a este troglodita asturiano. Estoy apré. Camine usted. Soy Ciego. No es lo mismo. Pudiera serlo. Ya he dicho que soy ciego. Retírense ustedes sin manifestación.

Golpea con el chuzo en la puerta de la Buñolería. Asoma el buñolero, un hombre gordo con delantal blanco: Se informa, se retira musitando, y a poco salen adormilados, ciñéndose el correaje dos guardias municipales. Este punto para la Delega. Nosotros vamos al relevo. Lo entregaremos en Gobernación.

Donde la duerma. Sus lo entreao. Ustedes, caballeros, retírense. Acompañamos al Maestro. Y le tuteo. Son banqueros. Yo respeto mucho el talento. Latino, dame la mano. Sobra tanta política. Al Ministerio de la Gobernación. Muera el judío y toda su execrable parentela. Estantería con legajos. Bancos al filo de la pared. Mesa con carpetas de badana mugrienta. Aire de cueva y olor frío de tabaco rancio. Guardias soñolientos. Policías de la Secreta.

Hongos, garrotes, cuellos de celuloide, grandes sortijas, lunares rizosos y flamencos: Hay un viejo chabacano -bisoñé y manguitos de percalina-, que escribe, y un pollo chulapón de peinado reluciente, con brisas de perfumería, que se pasea y dicta humeando un veguero. Leve tumulto. Y en el corredor se agrupan, bajo la luz de una candileja, pipas, chalinas y melenas del modernismo.

Corrección, señor mío. No falto a ella, señor Delegado. Todo es uno y lo mismo. Mi seudónimo, Mala Estrella. Tengo el honor de no ser Académico. En ninguna. Esquina a San Cosme. Diga usted casa de vecinos. Donde yo vivo, siempre es un palacio. No lo sabía. Aquí no se viene a dormir. El Señor Ministro no es un golfo. Usted desconoce la Historia Moderna. Eso no lo tolero. No lo creo. Permítame usted que se lo pregunte por teléfono. Se lo va usted a preguntar desde el calabozo.

Perdone usted mi entrometimiento. No quiero. Llévenle ustedes a rastras. Aquí no se protesta. Retírense ustedes. Sale en tropel el grupo. Se oyen estallar las bofetadas y las voces tras la puerta del calabozo. El calabozo. Sótano mal alumbrado por una candileja. En la sombra se mueve el bulto de un hombre. Blusa, tapabocas y alpargatas. Pasea hablando solo. Repentinamente se abre la puerta. Se cierra de golpe la puerta. Sale de la tiniebla el bulto del hombre morador del calabozo. Bajo la luz se le ve esposado, con la cara llena de sangre.

Así parece. Un paria. De todas partes. Solamente los obreros catalanes aguijan su rebeldía con ese denigrante epíteto. Paria, en bocas como la tuya, es una espuela. Tiene usted luces que no todos tienen. Barcelona alimenta una hoguera de odio, soy obrero barcelonés, y a orgullo lo tengo. Soy lo que me han hecho las Leyes. Pertenecemos a la misma Iglesia. Usted lleva chalina.

Me lo arrancaré, para que hablemos. Usted no es proletario. Yo soy el dolor de un mal sueño. Parece usted hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos. Yo soy un poeta ciego. En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero. Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.

No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. Todos los días, un patrono muerto, algunas veces, dos Eso consuela.

No cuenta usted los obreros que caen Los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En cambio, los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas, procrean lentamente. Saulo, hay que difundir por el mundo la religión nueva. Mi nombre es Mateo. Yo te bautizo Saulo. Soy poeta y tengo el derecho al alfabeto. Escucha para cuando seas libre, Saulo. En ello laboramos. Acabando con la ciudad, acabaremos con el judaísmo barcelonés. No me opongo. Barcelona semita sea destruida, como Cartago y Jerusalén.

Dame la mano. Estoy esposado. No puedo verte. Soy joven. Treinta años. Es cuento largo. Soy tachado de rebelde Conozco la suerte que me espera: Cuatro tiros por intento de fuga. Hay que conocerlos. Estoy dispuesto. Pues andando. Gachó, vas a salir en viaje de recreo. El esposado, con resignada entereza, se acerca al ciego y le toca el hombro con la barba. Se despide hablando a media voz. Llegó la mía Creo que no volveremos a vernos Van a matarme Lo que le manden. De impotencia y de rabia. Abracemonos, hermano. Se abrazan. Vuelve a cerrarse la puerta. Exprime un gran dolor tacíturno el bulto del poeta ciego.

Llega de fuera tumulto de voces y galopar de caballos. La Redacción de El Popular: Sala baja con piso de baldosas: El hombre lógico y mítico enciende el cigarro apagado. Se abre la mampara, y el grillo de un timbre rasga el silencio. Un enorme parecido que extravaga. Vienen preguntando por el Señor Director. Les he dicho que solamente estaba usted en la casa. Que pasen. Sigue escribiendo. Entra el cotarro modernista, greñas, pipas, gabanes repelados, y alguna capa.

El periodista calvo levanta los anteojos a la frente, requiere el cigarro y se da importancia. Max Estrella, el gran poeta, aun cuando muchos se nieguen a reconocerlo, acaba de ser detenido y maltratado brutalmente en un sótano del Ministerio de la Desgobernación. En España sigue reinando Carlos II. Max Estrella también es amigo nuestro. El Señor Director, cuando a esta hora falta, ya no viene Ustedes conocen cómo se hace un periódico. Yo, sin consultarle, no me decido a recoger en nuestras columnas la protesta de ustedes. Desconozco la política del periódico con la Dirección de Seguridad Y el relato de ustedes, francamente, me parece un poco exagerado.

Yo también leo, y algunas veces admiro a los genios del modernismo. El Director bromea que estoy contagiado. Leído y admirado. A usted y a mí nos rezuma el ingenio, Don Filiberto. Con esa alusión a la estética de mi indumentaria, se me ha revelado usted como un joven esteta. Dorio, no hagas chistes de primero de latín. Amigo Dorio, tengo alguna costumbre de estas cañas y lanzas del ingenio. Son las justas del periodismo. No me refiero al periodismo de ahora.

Una crónica deliciosa como todas las suyas, y reconocía que no había yo llevado la peor parte. Citaba mi definición del periodismo. Se la diré, sin embargo. El periodista es el plumífero parlamentario. El Congreso es una gran redacción, y cada redacción, un pequeño Congreso. El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios.

Teosóficamente podría explicarselo a ustedes, si estuviesen ustedes iniciados en la noble Doctrina del Karma.

Nosotros no estamos iniciados, pero quien chanela algo es Don Latino. Ustedes no conocen la cabalatrina de mi seudónimo: Soy Latino por las aguas del bautismo, soy Latino por mi nacimiento en la bética Hispalis, y Latino por dar mis murgas en el Barrio Latino de París. No confundamos. Eso es muy serio, Don Latino. Lo creo. Un golfo madrileño. Dorio, no malgastes el ingenio, que todo se acaba. Entre amigos basta con sacar la petaca, se queda mejor. No fumo. Estupro criadas. Tiene sus encantos, Don Filiberto. Las hago abortar.

Un cajón de sastre. Y tengo un anuncio luminoso en casa. Y así, revertiéndonos la olla vacía, los españoles nos consolamos del hambre y de los malos gobernantes. Y de los malos cómicos, y de las malas comedias, y del servicio de tranvías, y del adoquinado. Pérez, escucha respetuosamente y calla. Tiene la viveza madrileña borbónica.

El primer humorista, Don Filiberto. Don Alfonso ha batido el récord haciendo presidente del Consejo a García Prieto. Aquí, joven amigo, no se pueden proferir esas blasfemias. Nuestro periódico sale inspirado por Don Manuel García Prieto. Reconozco que no es un hombre brillante, que no es un orador, pero es un político serio.

En fin, volvamos al caso de nuestro amigo Mala-Estrella. Yo podría telefonear a la secretaría particular del Ministro: Voy a pedir comunicación. Mala-Estrella es uno de los maestros y merece alguna consideración. Hoy no pasaba de lo justo. Yo le acompañaba. Yo fui a París con la Reina Doña Isabel. Escribí entonces en defensa de la Señora. Traduje algunos libros para la Casa Garnier. Fui redactor financiero de La Lira Hispano-Americana: Y siempre mi seudónimo Latino de Hispalis. Suena el timbre del teléfono.

Hay un silencio. Voy a escribir el artículo de fondo, glosando el discurso de nuestro jefe: En el Senado Yanqui. Don Filiberto, nosotros no hemos faltado. Para ustedes no hay nada respetable: Dicho en valenciano.

Cavestany, el gran poeta un coplero. Profesor de guitarra por cifra. Para ustedes en nuestra tierra no hay nada grande, nada digno de admiración. Es un lujo que no podemos permitimos.

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Espere usted que tengamos automóvil, Don Filiberto. Hay alguno de ustedes, de los que ustedes llaman maestros, que se atreve a gritar viva la bagatela. Ustedes no creen en nada: Son iconoclastas y son cínicos. Afortunadamente hay una juventud que no son ustedes, una juventud estudiosa, una juventud preocupada, una juventud llena de civismo. Protesto, si se refiere usted a los niños de la Acción Ciudadana.

Siquiera estos modernistas, llamémosles golfos distinguidos, no han llegado a ser policías honorarios. A cada cual lo suyo. Era un pollo relativo. Sesenta años. Bueno, pues que lo entierren. Rompe a sonar el timbre del teléfono. Mientras escucha con el cuello torcido y la trompetilla en la oreja, esparce la mirada por la sala, vigilando a los jóvenes modernistas.

Al colgar la trompetilla tiene una expresión candorosa de conciencia honrada. Aconséjenle ustedes que no beba. Tiene talento. Tengo que hacerme solo, todo el periódico. Secretaría particular de Su Excelencia. Olor de brevas habanas, malos cuadros, lujo aparente y provinciano. La estancia tiene un recuerdo partido por medio, de oficina y sala de círculo con timba. Ya he transmitido la orden para que se le ponga en libertad.

Conozco su obra. Se lo diré. Tomo nota. Deténgase usted, caballero. No me ponga usted la mano encima. Salga usted sin hacer desacato. Es usted un gran lógico. Retírese, caballero. Éstas no son horas de audiencia. Es la orden Y no vale ponerse pelmazo, caballero. Me habló por usted la Redacción de El Popular. Allí le quieren a usted. A usted le quieren y le admiran en todas partes.

Usted me deja mandado aquí y donde sea. No me olvide Yo tengo la nostalgia del periodismo Pienso hacer algo Hace tiempo acaricio la idea de una hoja volandera, un periódico ligero, festivo, espuma de champaña, fuego de virutas. Cuento con usted. Adiós, maestro. De eso vengo a protestar. Hay de todo, maestro. No discutamos. Quiero que el Ministro me oiga, y al mismo tiempo darle las gracias por mi libertad.

El Señor Ministro no sabe nada. El Señor Ministro ahora trabaja. Sin embargo, voy a entrar. Y yo con usted. Loco de verme desconocido y negado. Comprar los productos seleccionados conjuntamente Este producto: Lazarillo de Tormes. EUR 11, La casa de Bernarda Alba. Federico Garcia Lorca. LLengua catalana i literatura I de batxillerat. EUR 40, Speak Now 4. EUR 15, EUR 10, Carmen A la lluna de València.

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